jueves, 27 de abril de 2017

La buena lluvia sabe cuándo caer, de Anchee Min

Los caminos hasta llegar a un libro son muchos: recomendados por amigos, goodreads, otros blogs, un escaparate,… Yo he estado intentado recordar cómo y por qué un día elegí La buena lluvia sabe cuándo caer, de Anchee Min, y no doy con el origen. Probablemente estaría buscando obras de autores extranjeros porque siempre me apetece leer desde otros puntos de vista. El caso es que la forma en que este libro llegó a mis manos tiene mucho que ver con su propio título.

La novela de Anchee Min es un relato autobiográfico sobre sus primeros años en China pero, sobre todo, su vida en Estados Unidos. El paso de un país comunista a otro capitalista (de hecho, a la mayor economía capitalista del mundo) es un reto hacia la persona que te han enseñado a ser en los momentos más tiernos de tu infancia que, según dicen, son los que marcan el carácter de un adulto.

Anchee Min logra salir de su China natal por una concatenación de casualidades del destino. En esa parte del relato he de decir que, a pesar de que sabía que había logrado llegar a EE.UU., sufría mucho por ella porque todas las barreras que conseguía pasar eran por azar. Se rifaba un poco de suerte y le tocó a ella.

Sin embargo, su periplo hasta ese momento fue duro: realizó trabajos forzados en campos de cultivo;  fue nombrada persona non grata por supuesta afinidad con a Madame Mao; pasó hambre y muchas penurias; enfermó gravemente en varias ocasiones; y sufrió mucho por su familia.

Su llegada a la tierra prometida tampoco transcurrió por una alfombra roja, sobre todo los primeros años. Anchee Min aterrizó en Chicago sin saber nada de inglés y con un visado de estudiante que caducaba unos meses después. Como no entendía el idioma, al principio le era prácticamente imposible encontrar un buen trabajo y, durante mucho tiempo, se tuvo que buscar la vida como buenamente pudo. Además de la parte económica, la soledad y la lejanía de su país natal era una constante en los primeros años en América.

La forma en que hace malabares para combinar la universidad, el aprendizaje del inglés y la supervivencia económica es digna de estudio. Pero lo que Anchee Min quería era conseguir la nacionalidad estadounidense para poder trabajar de forma legal en este país. En varias ocasiones menciona en el libro que, en aquel momento, le hubiera gustado ser un indigente americano, porque al menos ellos sabían inglés y tenían permiso para trabajar.

La historia con su primer marido supone un punto de inflexión en la vida de Min. La forma de ser de él, muy inclinada a pensamientos budistas y taoístas, influye mucho en ella pero no tanto como para dejar atrás todo lo que supuso crecer en la china comunista de Mao. A pesar de ello, la filosofía americana va calando muy poco a poco en Anchee Min, sobre todo tras conseguir la nacionalidad y el nacimiento de su hija Lauryann.

La buena lluvia sabe cuándo caer es un relato a dos tiempos con los que Anchee Min pone al descubierto quién es a través de su historia de una manera extremadamente sincera. Como ella misma dice al finalizar el libro: “Hoy en día mi vida significa para mí profundizar en el conocimiento personal, estar en contacto conmigo misma, superarme día a día y, sobre todo, disfrutar de la vida”.

Biblioterapia: conocer y amar las raíces


Cuando uno cambia de residencia lo hace persiguiendo un trabajo mejor, un amor o, directamente, un sueño. Pero, ¿qué pasa con lo que queda atrás? ¿Qué ocurre con el sitio en el que te has criado o la gente de la que te has rodeado buena parte de tu vida? Eso no se olvida nunca. Se lleva dentro, duele no tenerlo cerca y se echa mucho de menos.

Los que no hayáis crecido en el mismo lugar en el que vivís ahora, sabréis de qué va el tema. Este libro podría ser una buena receta para muchas facetas de la vida pero conocer las raíces, amarlas, con sus bondades y defectos, y ser embajador de ellas allá donde vayas es, a mi modo de ver, una de sus principales indicaciones de uso.

Anchee Min quiere salir de su tierra para lograr un futuro mejor pero le duele lo que queda allí y la forma en que se queda. También echa de menos sitios, costumbres, la cultura… Entonces, ¿cómo se puede llegar al equilibrio?

lunes, 17 de abril de 2017

Una semana en invierno, de Maeve Binchy

Esta Semana Santa he acabado una novela que he leído lentamente. Una semana en invierno, de Maeve Binchy, es un libro que, por mucho que quieras avanzar y terminar, te invita, y casi que te obliga, a ir despacio. Está narrado con calma a pesar de que la vida de los personajes puede dar un salto de 20 o 30 años en un par de líneas. Lo empecé para probar y, cuando me di cuenta, ya me había sucedido como con los libros que me enganchan: perdí la noción del tiempo.

La historia de Una semana en invierno comienza y gira en torno a Chicky Starr, una chica de pueblo irlandesa que un día se enamora de un turista americano y se muda a Nueva York con él, rompiendo así el molde tradicional y poco prometedor de la vida que la esperaba en Irlanda.

A pesar de que el amor y el sueño americano tampoco resultaron ser lo prometido, al cabo de muchos años, Chicky Starr regresa a su pueblo natal con un buen dinero y un proyecto para poner en marcha: el hotel Stone Bridge. A su vuelta, además, cuenta con la admiración de familiares y vecinos quienes, si algún día pensaron que Chicky era una loca que volvería pronto y arrepentida de haberse marchado con el americano, ahora admiran los resultados de aquella decisión.

Una vez planteada la historia de Chicky, que es el hilo argumental del libro, Maeve Binchy propone dar sentido a la novela a través de las historias vitales de un elenco de personajes que, de una u otra manera, tienen conexión con Chicky y con Stone Bridge. De esta manera, por las páginas de Una semana en invierno pasan Rigger, el hijo de una de las amigas de la infancia de Chicky; Orla, su sobrina; y una serie de secundarios que llegarán por diversas casualidades del destino a Stone Bridge en la semana de la inauguración. Todos ellos, de una u otra manera, y cada uno con su propia historia, han recalado en este lugar porque el destino así lo ha querido y su estancia les permitirá reflexionar sobre su vida y reconducir su camino.

Esta novela (o compendio de relatos con un hilo argumental) reflexiona acerca de cómo se va conformando una vida a lo largo de los años: alegrías, contrariedades, crecimiento personal, circunstancias, amor, desengaños, rencores,… Y amistad.

Como ya he comentado, está narrada de manera lenta a pesar de que la autora puede resumir 30 años de la vida de un personaje en tan solo unas líneas. Pero la forma en la que está escrita invita a ir de manera pausada, a analizar y a comprender a cada uno de los personajes; a identificarnos con ellos.

El paisaje y las costumbres de la zona rural del noroeste de Irlanda son un reclamo importante del libro. Ya sabéis que me encanta conocer lugares mediante la lectura y, a través de esta novela, el lector descubre la naturaleza y la paz de estas tierras irlandesas. Si estáis necesitados de un descanso, si queréis frenar el ritmo y bajar las pulsaciones, abrir este libro funciona.

La biblioterapeuta recomienda este libro para…


Llevo unos meses hablando en el blog acerca de la biblioterapia. En este enlace tenéis recopilada toda la información sobre el tema pero, básicamente, la biblioterapia consiste en utilizar los libros como un modo de desarrollo y de crecimiento personal. Yo hice una selección de aquellas historias que más me han marcado en los últimos años y que me han ayudado a comprenderme mejor a mí misma y a mi entorno desde diferentes puntos de vista: amor, amistad, desarrollo vital, desarrollo profesional, muerte, etc. Además, podéis echar un vistazo a la clasificación de los últimos libros que he leído por si estáis en un momento vital en el que necesitáis encontrar algo en particular.

En concreto, Una semana en invierno, de Maeve Binchy, lo recomiendo para aquellos lectores que necesiten un descanso y conectar con ellos mismos y con sus necesidades. La fuerza de parar, de coger aire e impulso para poder continuar hacia delante es primordial o, al menos, yo lo siento así. Hay veces que un par de días de sirven para cambiar el chip.

Este libro también está indicado para echar el freno, para leer lento, sin prisa, para desacostumbrarnos a ir corriendo a todos los sitios. La manera en que está narrado te obliga a bajar las revoluciones y a mezclarte con la sensación de que, en el lugar en el que estás, las cosas van más despacio.

Además, los relatos que conforman la novela nos hablan sobre las circunstancias, tantas como personas; los cambios vitales; la necesidad de empatizar con los demás; la fuerza para superar situaciones adversas e incluso la manera de darle la vuelta a una situación para que juegue a nuestro favor.

viernes, 7 de abril de 2017

La historia de mi primer reportaje: "Memorias de la guerra"

No creáis que os voy a contar una historia del año de maricastaña. De la publicación de mi primer reportaje ¿solo? han pasado 12 años y "Memorias de la guerra" era el título con el que lo bauticé.

Estaba a punto de licenciarme y conseguí ese trabajo un día que repartía mi currículum en periódicos locales. En aquella ocasión, llamé a la puerta de Getafe Capital, una chica me abrió, cogió aquel papel con las cuatro cosas que había hecho hasta entonces y me dijo que esperara sentada en una sala. Era raro porque me había presentado sin avisar y, aunque aun no había estallado la crisis y la cosa no estaba tan mal como ahora, tampoco es que los trabajos para periodistas florecieran en todas las esquinas.

El caso es que aguardé unos minutos y la chica me dijo que pasara a ver al director. Me recibió un hombre al que podréis evocar si os digo que me recordaba a los periodistas de siempre, los de libreta y pluma. Se presentó como Santiago Erice y, tras hacerme unas preguntas, me invitó a pensar un tema sobre el que escribir y a llamarle cuando lo tuviese. ¡Ah! Y me detalló las tarifas que pagaban en un momento en que los becarios ya empezábamos a competir por hacer prácticas gratis.

Estuve un par de días dándole vueltas al tema y, finalmente, se me ocurrió que, como el reportaje saldría en el mes de abril, aprovecharía para escribir sobre el papel de Getafe en la guerra civil, que el 1 de abril de 2005 conmemoraba el 66 aniversario de su fin. Al director le pareció buena idea y me puse manos a la obra.

El resultado final no hubiera sido posible sin la ayuda de uno de los hermanos de mi abuela, Félix Antona. Él vive en Getafe desde hace muchos años y me presentó a César Navarro, médico y actualmente presidente del Ateneo de Madrid. La historia de César Navarro y de otro vecino de Getafe, Andrés Díez, me sirvieron como hilo argumental y para humanizar y contextualizar los datos históricos que encontré en bibliotecas y archivos (ya existía Internet, por supuesto, pero no al nivel actual ni para cuestiones tan especializadas como las que yo necesitaba).

Al ir profundizando en el tema me di cuenta de lo polémico que era y de las rencillas que existían todavía 66 años después. Me acuerdo de que mi entonces novio (hoy marido) me llevó en coche al Cerro de los Ángeles para poder hablar con el cura de la parroquia, ya que el Cerro fue un lugar estratégico de la contienda debido a su altura, y el hombre nos echó a voces diciendo que por qué teníamos que remover esas cosas. La cosa ya prometía.

Terminé de escribir el artículo y, unos días después, se publicó. Nunca había imaginado que se fuera a armar tanto revuelo por ese reportaje. Empezaron a llegar cartas al director y nos dimos cuenta de que las viejas rencillas no se habían olvidado. El tema estuvo coleando varios meses. La verdad es que lo pasé un poco mal: ¡la primera vez que hacía algo así y la que se había montado! Sin embargo, con el tiempo, me he dado cuenta de que no pude empezar de una forma mejor. Por eso lo recuerdo todo y con tanta nostalgia.

La gente del periódico quedó satisfecha con mi trabajo (después me encargaron varios trabajos más), y así fue como gané mis primeros 150 euros de periodista. Me gustaría aprovechar para dar mi agradecimiento a todos los que me ayudaron a dar este primer paso, entre ellos: al director del periódico, por darme tanta confianza y libertad en mi primer trabajo; a mi tío Félix, que se calzó sus zapatillas de deporte en cuanto le llamé; a César Navarro, que me dio ese testimonio tan espectacular y un apoyo tremendo; y a mi marido, que siempre me sigue en todos mis proyectos.

Y, ahora sí, este es el reportaje (y aquí otros escritos):

66 años después, se recuerda el papel de Getafe en la historia de la guerra civil


Memorias de la guerra


  • A pesar de ser por los años 30 un pequeño enclave que apenas comenzaba a industrializarse, Getafe fue un punto neurálgico y estratégico de la contienda española
  • Aquí se encontraban la Base Aérea, los Cuarteles de Artillería (donde hoy se sitúa la Universidad Carlos III) y el Cerro de los Ángeles, lugares donde se libraron ofensivas importantes en el transcurso de la batalla

Sesenta y seis años después, Getafe ha cambiado mucho. Ya nada recuerda a aquel pueblo hecho cascotes del 39 que relatan los más viejos del lugar. Pero, cada vez que recorremos la calle Madrid, pasamos por los Escolapios y la Universidad o subimos al Cerro de los Ángeles, volvemos a algunos de los que fueron escenarios importantes de la guerra civil. Muchos, los más jóvenes, lo desconocen. Otros, sin más, se resisten a recordarlo; algunos, como dice César Navarro, “lo podemos contar y lo contamos aquí…”.

Navarro es un hombre alto, canoso, de rostro amable y pasa los 70. Es uno de los vecinos más veteranos y populares del pueblo. Los que le conocen afirman que es una persona de mundo y muy preparada, que tiene respuesta para casi todo. Cuando se le pregunta acerca de la batalla española en Getafe, sobreviene una historia distinta a la que leemos en cualquier libro de texto. Su relato está lleno de curiosidades, anécdotas y vivencias personales. Su testimonio desfila parejo y relata en primera persona muchos de los episodios de la contienda.

No en vano, la vida de César Navarro estuvo muy marcada por la situación política desde niño. Cuando la guerra, su madre cayó en el bando nacional; su padre, aunque no fue militante de ningún partido político, se identificó con la República y estuvo al frente del hospital de sangre de Getafe situado en el colegio de los Escolapios. Su tío, Felipe de Francisco, que tiene una calle en el municipio, Calle Aviador de Francisco, se puso al servicio del gobierno de Franco “con la condición de que nunca le destinaran a Getafe porque en este pueblo no quería hacer daño a nadie”, comenta Navarro. Murió en acción heroica en combate aéreo en Santa María de la Cabeza.

A finales de marzo del 39, los nacionales alcanzaban los últimos objetivos republicanos. El 28, cayó Madrid y el 1 de abril, con el último parte militar, se concluyó la ofensiva nacional. Había terminado, después de tres años, la guerra civil que enfrentó a las “dos Españas”.

Getafe en Guerra


La batalla no se libró únicamente en las grandes ciudades. Mucho tuvieron que ver en ella los pequeños pueblos españoles. En concreto, los del sur de la capital, que apenas comenzaban a crecer como Leganés, Aranjuez, Pinto, San Martín de la Vega o Ciempozuelos fueron marco importante de la contienda.

También lo fue Getafe que, por aquella época, era aún un municipio que casi no superaba los 8.000 habitantes. Sin embargo, la llegada de la industria junto a otros factores como la cercanía a la capital y unas vías de comunicación accesibles, le convirtieron en uno de los receptores de inmigrantes más importantes de la Comunidad de Madrid. Fue un enclave industrial significativo al que se fueron incorporando campesinos de muchos lugares de España. Se comenzaron a promover por entonces los
partidos socialistas y se temieron, según Navarro, los movimientos obreros. Pero, además de éstas, antes de estallar la guerra, Getafe tenía otras peculiaridades; aquí se albergaban los Cuarteles de Artillería (lo que hoy es la Universidad Carlos III) y la Base Aérea.

Fue precisamente en este escenario donde comenzaron las hostilidades. Aproximadamente a mediados de julio del 36, el Regimiento de Artillería Ligera, que estuvo a favor del bando nacional, inició un ataque con proyectiles dirigidos hacia el Cuartel de Aviación que, por el contrario, se sublevó en favor de la República. La reacción de los militares de la Base no se hizo esperar. Se contestó, según Manuel de la Peña en su libro Medio siglo de aviación en Getafe (1911-1960), con un bombardeo y ametrallamiento desde el aire al Cuartel de la calle Madrid con el que se logró
neutralizar la ofensiva. De esta forma, se iniciaba en Getafe la contienda.

Andrés Díez es otro de los decanos del municipio getafense. Ahora tiene 89 años aunque llegó a la localidad con tan sólo 9. Es complejo, comenta, resumir lo que fue para él la guerra civil, son muchos los recuerdos. Entre ellos, guarda con sumo cuidado tres volúmenes de folios llenos de historia y, sobre todo, memorias de épocas pasadas.

En uno señala con orgullo una fotografía en blanco y negro en la que aparece vestido de militar. En el pie de foto se puede leer lo siguiente: “20 de julio de 1936”, fecha en que, con 21 años, abandonó el pueblo rumbo a las batallas de Alcalá, Guadalajara y Jarama. Mientras, la guerra continuaba aquí en Getafe. En los meses siguientes se sucedieron algunos episodios de bombardeos y ataques aéreos. “En mi casa, esquina Ramón y Cajal y General Palacios, cayeron dos bombas”, afirma Navarro. Aún recuerda con exactitud el día en que cayó una de ellas. Él era todavía un chiquillo. “Estábamos cenando y mi abuelo se abalanzó sobre mí, que era el que más quería de los nietos -dice con una sonrisa- y me llevó corriendo a la cueva del vino”.

También De la Peña narra en otra de sus obras, Las calles tienen su historia, que, el 23 de agosto de 1936, tres escuadrillas de aviones del ejército sublevado,“enfilando la calle de la Sierra”, lanzaron bombas durante todo su recorrido hasta terminar en la Base y en la empresa Construcciones Aeronáuticas. Este suceso provocó cuantiosas víctimas civiles y grandes destrozos y pérdidas en el pueblo.

Además, cuenta Navarro que uno de los episodios más emblemáticos y sombríos de la batalla en Getafe fue el bombardeo de una escuela en octubre de 1936. Según su testimonio, el ataque estuvo respaldado por las fuerzas alemanas a pesar de que “los de derechas dicen que es mentira”. Sin embargo, a él le consta que la ofensiva existió realmente, “porque me lo contó mi padre”, que atendió a los niños heridos y muertos. Además, afirma, Arturo Barea en su libro La forja de un rebelde, hace alusión a ello: “el 30 de octubre, un solo avión mató a cincuenta niños en Getafe”.

Caído Toledo en septiembre del 36, las fuerzas nacionales avanzaron rápidamente dirección Madrid. En los primeros días de noviembre, entraron y tomaron Getafe. La represión, dice Navarro, fue terrible. Se evacuó a la población y se fijó una nueva Comisión Gestora con representantes del bando sublevado sustituyéndose la que hasta entonces había estado presidida por Francisco Lastra Valdemar. En sesión del 6 de diciembre, la nueva Comisión decidió que el municipio dependería de la provincia de Toledo hasta que Madrid dejara de estar en manos de los republicanos.

Fue en este contexto en el que, tanto Navarro como su padre tuvieron que abandonar su pueblo natal hacia mediados de la guerra y exiliarse a Francia. “Mi primera vivencia, mi primera impresión de la vida fue como las películas que vemos de judíos, envuelto en mantas, los trenes de evacuación…Mi primera seña de identidad fue la de ser un refugiado de la República”.

El Cerro en la batalla


Situado a 13 kilómetros de la capital y a 670 metros de altura, desde el centro geográfico de la Península se alcanza a ver buena parte de la Comunidad. El Cerro de los Ángeles fue, por ello, un punto neurálgico y estratégico en la guerra civil por el que ambos bandos lucharon intensamente.

Fuera de los límites que definen la calzada que sube a lo más alto del cerro, aún hoy se esconden restos de fortificaciones de hormigón más o menos conservados entre basuras y pintadas. Según Miguel A. Andrés Castro, aficionado y estudioso de los vestigios de la guerra civil en Madrid, en Getafe encontramos principalmente “mirando hacia Pinto, rastros republicanos; el resto, son nacionales”. Existen también trincheras en la zona de Perales y, además, en la fachada del convento de las Carmelitas, que está sin restaurar, todavía se pueden apreciar impactos de bala y obús.

Aun tomado todo Getafe, a mediados de noviembre del 36, se suceden y recrudecen las batallas por el dominio del cerro. Las fuerzas republicanas, que no quisieron renunciar a su posesión, comenzaron una nueva ofensiva y se hicieron en parte con su control en enero de 1937. Sin embargo, el Cerro Rojo, como lo rebautizaron los republicanos en su zona, se perdió ante la falta de refuerzos y, de nuevo, los nacionales se hicieron con el poder en el lugar.

Los dos principales monumentos que presiden el Cerro de los Ángeles también sufrieron las vicisitudes de la guerra. Por su parte, la imagen originaria del Sagrado Corazón (la actual es de 1965) fue dinamitada en los primeros días de la guerra y derribada algunos días después. La Virgen de los Ángeles, con el agravamiento de la batalla, se bajó al pueblo por miedo a que fuese destruida y sólo se subió después de terminar la contienda.

Habiendo caído Madrid el 28 de marzo de 1939, Getafe volvió a formar parte del término municipal de Madrid. A partir de entonces, los vecinos que habían abandonado el pueblo durante la contienda fueron regresando. “Cuando pudimos volvimos a Getafe -dice Navarro- pero a mi padre inmediatamente le encarcelaron”. Cuenta que le hubieran fusilado si no hubiese sido por las influencias de su madre y por Emilio Serrano, un hombre al que su padre sacó de entre un montón de cadáveres y al que había salvado la vida extrayéndole la bala del tiro de gracia del cuello. Aún así, con toda la familia, se tuvo que exiliar al País Vasco.

A pesar de que Getafe había quedado en ruinas tras acabar la guerra y eran patentes las tensiones que, comenta Navarro, estaban motivadas no sólo por cuestiones políticas sino también profesionales, poco a poco se fue retomando la actividad anterior. Continuó el proceso de industrialización y se reavivaron los movimientos obreros; a la vez, crecieron la población y el municipio.

Hoy, Getafe ya no recuerda ni por asomo a aquel que relatan las memorias de guerra de los más veteranos de la ciudad. Sin embargo, tras la actual apariencia de algunos de sus lugares más representativos, se encuentran escondidos episodios importantes de su historia.

Reportaje publicado en abril de 2005 en el periódico Getafe Capital.

miércoles, 5 de abril de 2017

Biblioterapia con Gemma, del blog Wasel Wasel

Hace semanas que os vengo hablando de la biblioterapia. Para los que aún no hayáis oído hablar del tema tenéis toda la información aquí pero básicamente consiste en utilizar los libros como un modo de desarrollo y de crecimiento personal. Cada uno de ellos, bien elegidos, me sirven para profundizar y reflexionar acerca de varios aspectos de mi vida y entender, entenderme.

Los libros con los que haces biblioterapia dependen del momento personal en el que te encuentres. En los últimos años yo he vivido cambios en el seno de mi familia, he tenido que reinventarme a mí misma, eliminar viejos patrones y encontrar nuevos, crecer con mi pareja y buscar un hueco propio en el que sentirme identificada. Y son muchas las lecturas que me han ayudado en este recorrido.

En este post, y en otros que iré publicando más adelante, he querido conocer cómo es la relación con los libros de otras personas y qué libros han influido de tal manera en ellas que han supuesto un antes y un después en cuanto a desarrollo personal.

La primera invitada es Gemma, del blog Wasel Wasel. Ella se define como "crafter minimalista enamorada del papel y lo analógico. Me encanta tejer, viajar y escaparme a la naturaleza siempre que puedo... Aquí [su blog] comparto mi pasión por un estilo de vida sencillo y cómo organizarte mejor para tener más tiempo libre". Gracias a ella yo he leído libros que me han servido de tanto como La magia del orden, de Marie Kondo, y The little book of contentment, de Leo Babauta. Sin más, os dejo con su reflexión.

Gemma, de Wasel Wasel: "me encanta leer para 'viajar' a otros mundos"



Me encanta leer. Soy de esa clase de lectoras que puede estar perfectamente leyendo una novela y al día siguiente un ensayo sobre religiones de las que nunca ha oído hablar. Con esto quiero decir que me encanta leer para “viajar” a otros mundos, pero también para aprender. No podría decir que tenga un género favorito, simplemente me siento atraída por un tema en concreto y entonces leo muchos libros relacionados. Además, ni siquiera tengo una lista de libros que quiero leer, porque aunque tenga libros pendientes siempre surge algún otro por medio y termino saltándome esa lista.

Aprendí a leer por mi cuenta antes de ir al colegio (con periódicos y libros que había en casa) y siempre ha sido una de mis pasiones. Era una niña de esas que pide libros en lugar de juguetes y muñecas, y el librero de mi barrio me dejaba pasar tras el mostrador para que eligiera los libros que más me gustaran. Los libros son como cofres del tesoro: por fuera son bonitos, pero dentro… no sabes lo que te puedes encontrar, quizá una aventura que te haga soñar, o una enseñanza que te cambie la vida. ¿Quién no siente emoción antes de empezar una nueva lectura?

Tengo mis rituales para leer. Por ejemplo, nunca me verás leyendo una novela en el trasporte público o en sitios con ruido y gente, porque no me concentro. Me gusta tener tranquilidad para poder absorber la información y reflexionar sobre lo leído. Así que leo en casa, en la cama o cuando estoy tranquila en el parque. Leo muchísimo en mi ebook, puesto que no quiero acumular libros en casa (no suelo releer y creo que los libros deben servir para contar historias, no para coger polvo en un estante) y mi volumen de lectura es alto. También voy a la biblioteca a por libros más específicos, como manuales, etc. Eso sí, haga lo que haga, todos los días saco un ratito para la lectura, aunque solo sea para leer un par de páginas.

Respecto a libros favoritos, creo que tengo bastantes. Cada año podría sacar varios de todos los que leo, pero sin duda hay algunos que me han marcado. No considero que sean tampoco los mejores libros del mundo, simplemente son libros que llegaron a mí en el momento preciso y me tocaron de alguna manera. Por ejemplo, recientemente leí Los viajes de Júpiter, de Ted Simons y fue realmente inspirador. ¿Qué tiene que ver un viaje alrededor del mundo en moto conmigo? Yo también pensaba que nada. Pero me enseñó que podemos conseguir casi cualquier cosa que nos propongamos, por muy épica y disparatada que parezca. Y sobre todo que podemos conseguirlo estando solos, sin necesidad de que nos acompañen otras personas en el camino. Es un libro muy bonito, más de autoconocimiento que de viajes, aunque también me ayudó a conocer diferentes culturas de nuestro planeta.

En cuanto a novelas, tengo debilidad por Murakami. Me fascina casi todo lo que escribe, me quedo sin palabras intentando imaginar todo su universo, lo que tiene en su cabeza para poder contar esta clase de historias. 1Q84 me dejó huérfana cuando la terminé. Es una trilogía que devoras de principio a fin. Y mira que suelo huir de los best-sellers, pero me identifiqué tanto con la protagonista que era como leer sobre mí en ciertos momentos. Al fin y al cabo supongo que eso es lo que nos quieren hacer sentir los autores: que podríamos ser nosotros embarcados en una aventura.

Pero si hay un libro (si es que puede llamarse así), que ha cambiado mi forma de ver el mundo y de actuar, ése es The little book of contentment, de Leo Babauta. En realidad es un mini libro gratuito que se puede descargar desde la propia página de este autor. Es el único libro que siempre está en mi ebook y que releo al menos un par de veces todos los años. Cuando me embarqué en el minimalismo todo era un poco confuso. A veces tenía la sensación de no saber muy bien qué esperaba conseguir. Y ahí fue cuando este libro llegó con su ayuda. Tanta sabiduría para la vida en tan pocas páginas, me encanta. Es difícil ser minimalista en este mundo, pero leer The little book of contentment siempre me hace abrir la mente y redefinir qué es lo importante (y lo mejor, cómo conseguirlo, cómo abordarlo). ¡No puedo hablar más de él sin que lo leáis!

Siempre intento transmitir a los demás lo especial que es leer un libro. La cantidad de posibilidades que nos ofrece entre sus páginas. Alguien que no lee, ¡no es de fiar! Jajajaja. Espero que lleguen muchas nuevas historias a mis manos y que pueda seguir disfrutando de ellas y compartiéndolas con otras personas como yo.

Mil gracias por participar Gemma, y ser la primera.

martes, 4 de abril de 2017

Un verano en el campo, de Heike Wanner

Cuando escogí Un verano en el campo, de Heike Wanner, yo pensé que abría un nuevo libro feel good. Y, en el fondo, así fue: varios personajes con algunos problemas en su vida diaria han de desplazarse a una granja en el campo por cuestiones familiares de fuerza mayor e, inesperadamente, allí encuentran un remanso de paz y algunas ideas para solucionar los inconvenientes que las persiguen.

Sin embargo, esta novela no es exactamente feel good. Su argumento se clasifica más bien en lo que se ha venido a denominar “farm lit”, es decir, una Bridget Jones en toda regla pero con tintes campestres. Las farm lit desplazan a las típicas protagonistas de las chic lit a los pueblos y a las granjas, y establecen la dicotomía tacones y nuevas tecnologías versus caminos de barro y vacas. A pesar de que esperaba notar más el contraste campo ciudad, ha sido divertido ver cómo se las apañan cuatro chicas de ciudad en un ambiente rural.

Lisa-Marie, Anne y Lou son tres primas que, tras la muerte de su tío Horst, tienen que ir a Pfronten, un pueblo del sur de Alemania, para hacerse cargo del funeral y de la granja de la familia. Una vez allí, las tres chicas (después se suma la hija de Anne, Mia) descubrirán un secreto familiar a la vez que se hacen cargo, como pueden, de ordeñar a las vacas, dar de comer a los animales, comprar leña… y todos los trabajos normales de un lugar así.

Entre tanto, cada una de ellas tendrá que hacer frente a los problemas que traen consigo de la ciudad: Lisa-Marie, que regenta una librería en Dortmund, afrontará el problema que se le viene encima con la apertura, en un centro comercial cercano a su negocio, de una cadena de librerías. Anne tomará la decisión de dejar a sus hijos y marido solos en casa durante unas semanas mientras atiende la granja y reflexiona acerca de su matrimonio. Por su parte, Lou se enterará de algo que cambiará para siempre su vida de urbanita independiente. Y, en último lugar, Mia, madurará su futuro en el sitio donde crecieron sus antepasados.

A las tramas de las cuatro chicas se suma una bonita historia familiar que dará sentido a ciertas cosas de las que nadie antes se había percatado.

Este libro se me ha hecho muy ameno y cumple su misión de entretener. Quizá la trama que más me chirría es la de Mia, demasiado adolescente para mi gusto y, en mi opinión, no creo necesario haberla desarrollado tanto para comprender la historia.

Dejando esto último de lado, si quieres echarte unas risas, esta novela es una buena oportunidad. Por cierto, para quien se anime a leerla, me encanta la señora Hössle, la vecina de la granja, una vieja del visillo alemana en toda regla.

¿Cambiaríais la ciudad por el campo?


No tengo claro que cambiara vivir en la ciudad por el campo definitivamente pero, desde luego, ¿a quién no le gustaría despertarse siempre con estas vistas?


miércoles, 29 de marzo de 2017

El hostal de las ilusiones, de Debbie Macomber

He vuelto al feel good. Después de un mes de febrero viajero y de leer una de las historias que estarán en mi top 10 de este año, he retomado un libro que comencé en enero y que dejé a medias. Se trata de El hostal de las ilusiones, de Debbie Macomber, una prolífica escritora americana.

¿Qué me ha hecho volver a este género? Supongo que necesitaba volver a sentir la calidez que transmiten estos libros. Lugares bonitos y personajes con problemas duros pero con afán de superación. Todo ello aderezado con conversaciones, reflexiones, tés, tartas, bizcochos,…

Después de perder a su marido en Afganistán, Jo Marie Rose deja su vida en Seattle y se traslada a Cedar Cove, un precioso pueblo costero, para regentar un hostal. A pesar de que no tiene experiencia previa, su ilusión, ganas de salir adelante y su deseo de aprender de la gente del pueblo, la ayudan a sacar adelante su negocio.

Sus primeros huéspedes son dos personas con historias difíciles. Abby vuelve al pueblo para la boda de su hermano después de que muchos años después saliera huyendo de allí por un accidente que marcaría su vida para siempre. En su llegada al pueblo, Abby tendrá que lidiar con los fantasmas del pasado y con una de las pruebas más duras a las que nos sometemos: perdonarnos a nosotros mismos.

El segundo huésped, Josh, regresa a Cedar Cove para reencontrarse con su padrastro, Richard, que está muy enfermo. La relación entre ambos siempre ha sido muy complicada, sobre todo tras la muerte de Teresa, la madre de Josh y segunda esposa de Richard, unos años antes. Durante los días de estancia en el pueblo, ayudado por una antigua amiga, Josh tiene que aprender a cerrar viejas heridas para poder pasar página y continuar su vida a pesar del pasado.

Las tres tramas, la de Jo Marie, la de Abby y la de Josh se entremezclan y conforman la historia del libro. No tienen coincidencia entre ellas, más allá de que se trata de personas que se encuentran en una situación difícil al llegar al hostal y que el periodo que pasan aquí les sirve de cura y transición.

Esta novela no es de las que más me han gustado dentro del género feel good. Está llena de tópicos y hay situaciones, diálogos y personajes que me parecen obvios, predecibles y muy planos. Aun así, se lee rápido y es entretenida. Me recuerda a las pelis de serie B de los sábados por la tarde. Sabes lo que va a pasar nada más empezar y hay escenas de vergüenza ajena, pero te distrae un rato.

Ahora, si yo viviera dentro de un libro feel good, se vería seriamente comprometida mi línea. Todo el día tomando tés, cafés y deliciosos dulces. Se me hace la boca agua cada vez que leo cosas de este tipo. ¿Os pasa también?

Perdonarnos a nosotros mismos y a los demás


Los dos huéspedes de El hostal de las ilusiones están muy dolidos por cosas que sucedieron en el pasado. Una de las cuestiones más importantes y difíciles en la historia es perdonarse a sí mismo y a los demás por determinados comportamientos. De hecho, aprender del pasado y dejarlo ir es algo que siempre nos resulta muy complicado.

Una de las razones por las que me gusta leer es aprender sobre la psicología de los personajes y la psicología en general. En este caso, esta afición me ha llevado a reflexionar sobre una serie de tips (sin ánimo de sentar bases teóricas de ningún tipo) para que los fallos del pasado me sirvan como aprendizaje y afrontar mejor el futuro:
  1. Tengo que ser consciente de lo que me está pasando, analizarlo, reflexionarlo, aceptarlo, aprender de ello y dejarlo ir siendo consciente de que en el presente y futuro tengo una lección que poner en práctica si vuelven a aparecer las mismas situaciones.
  2. Siempre me gusta hablar las cosas. Si el problema es algo conmigo misma, me apoyo en gente cercana y si es con alguien en concreto, me gusta abrirme y decirlo. He aprendido que las cosas enquistadas se hacen cada vez más grandes y que no hablar sobre algo no hace que ese algo desaparezca. Mejor aclararlo.
  3. Procuro ser parte activa, es decir, cuando nos victimizamos somos sujetos pasivos pero a mí me gusta más que las cosas dependan de mí, es decir, ser yo la parte activa, la que plantee alternativas y soluciones. Soy yo la responsable de mi vida y así quiero que siga siendo, para lo bueno y para lo malo.
  4. Tendemos a que nos atormente el pasado y nos preocupe el futuro. De esta manera, nos olvidamos del presente y vivimos regocijándonos en el dolor de lo que pasó o en la ansiedad de lo que está por venir. Mejor vivimos ahora y sentimos ahora.
  5. Cuando estemos enfadados con alguien, es importante empatizar y mirar las cosas desde su punto de vista. Desde que leí El gran Gatsby llevo conmigo el consejo que el señor Carraway le dio a su hijo cuando aún era un joven: “antes de criticar a nadie recuerda que todo el mundo no ha tenido las ventajas que has tenido tú”. Perdonar a los demás es quitarte un peso de encima tú mismo. Y si al que tienes que perdonar es a ti, doble peso que te quitas. Vale la pena al menos intentarlo.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Kitchen y Moonlight Shadow, de Banana Yoshimoto

Curioseando en mi lista de pendientes hace unos días, encontré la opera prima de una escritora a la que ya leí el año pasado. Se trata de una novela en dos partes muy cortita titulada Kitchen que, en mi edición, viene acompañada de un cuento llamado Moonlight Shadow. La autora es la japonesa Banana Yoshimoto y, por si acaso no habéis leído todavía acerca de mi obsesión con los escritores japoneses, aquí os dejo un recordatorio.

Para confeccionar la reseña  de hoy, bien podría recuperar algunos extractos de la que hice para Sueño profundo, de la misma Yoshimoto, y pegarlos aquí sin apenas edición porque las cuestiones de fondo son las mismas. Por ejemplo:

“Cada uno de los tres cuentos que componen este libro de Yoshimoto tiene un personaje protagonista femenino muy joven que, de una u otra manera, ha sufrido una o varias pérdidas, algunas en forma de muerte. Lo que sí es cierto es que todas ellas transitan por la vida interpretando el significado de lo que les pasa hasta llegar a resolver de alguna forma su conflicto, normalmente a través del amor”.

En la primera parte de Kitchen, una joven llamada Mikage pierde al único familiar directo que le queda, su abuela. Sin embargo, unos pocos días después de su pérdida, recibe la extraña invitación de Yuichi, un conocido de su abuela, para que ella vaya a vivir con él y con su madre, Eriko. A pesar de las reticencias iniciales por ir a vivir con una familia que no conoce, el miedo a la soledad es más fuerte y termina por mudarse con Yuichi y Eriko. Una vez instalada en la casa, Mikage descubrirá la verdadera historia de su familia de acogida y que Eriko, antes de ser la madre de Yuichi, fue su padre.

En esta historia, en el que también está muy presente el amor a la cocina de Mikage, la soledad vuelve a tomar el papel de protagonista, como viene siendo un habitual en los libros japoneses. Es un libro en el que apenas pasan cosas, casi no hay acción, es lento, pero, eso sí, hay mucha reflexión sobre los sentimientos, las sensaciones y las emociones. Muy Murakami. Muy literatura japonesa contemporánea.

El relato que completa en algunas ediciones a Kitchen, como ya he comentado antes, se titula Moonlight Shadow y me ha parecido precioso. Antes de adentrarme en él estaba un poco perdida ya que, sin previo aviso, pasamos la página y dejamos de leer acerca de los personajes principales de la novela anterior y nos adentramos en un texto que narra la historia de un amor joven e inmaduro pero muy fuerte al que, por desgracia, le falta uno de los integrantes.

Satsuki ha perdido a Hitoshi en un accidente de coche. A pesar de su tierna edad, reflexiona acerca de su relación con él, de lo que fue y de lo que pudo haber sido. La pérdida del primer amor de una forma tan brusca la lleva a un estado de melancolía, tristeza y soledad que la impide seguir con su vida. Solo con el apoyo del hermano de Hitoshi y de Urara, una extraña que conoce en el parque, la ayudarán a continuar.

Y, otra vez, me sirve un párrafo de la reseña de Sueño profundo para este relato: “El relato es  tan onírico como la literatura de Murakami, con muchas referencias a la memoria borrosa, al sueño, a la muerte, a los estados de inconsciencia e incluso a fenómenos algo paranormales”.

Vuelvo de nuevo a los japoneses, esta vez por casualidad, y el resultado es que este género me sigue atrayendo por los temas que trata a pesar de que los temas de fondo que trata son idénticos a la novela que leí el año pasado.

Siguiendo con el tema de la biblioterapia que os contaba en la newsletter de la semana pasada, este libro puede servir de terapia para aquellos que sufren o temen sufrir la pérdida de un ser querido o tienen miedo de la soledad. También les servirá a aquellos que, de alguna manera, quieran reflexionar sobre el primer amor.

La leyenda de Tanabata


Cuenta la leyenda que Orihime, hija de Tentei, el Rey Celestial, tejía telas espléndidas a orillas del río Amanogawa (la Vía Láctea). A su padre le encantaban sus telas, y ella trabajaba duramente día tras día para tenerlas listas, pero a causa de su trabajo la princesa no podía conocer a alguien de quien enamorarse, lo cual entristecía enormemente a la princesa. Preocupado por su hija, su padre concertó un encuentro entre ella y Hikoboshi, un pastor que vivía al otro lado del río Amanogawa.

Cuando los dos se conocieron se enamoraron al instante y, poco después, se casaron. Sin embargo, una vez casados, Orihime comenzó a descuidar sus tareas y dejó de tejer para su padre, al tiempo que Hikoboshi prestaba cada vez menos atención a su ganado, que terminó desperdigándose por el Cielo. Furioso, el Rey Celestial separó a los amantes, uno a cada lado del Amanogawa, prohibiendo que se vieran. Orihime, desesperada por la pérdida de su marido, pidió a su padre poder verse una vez más.

Su padre, conmovido por sus lágrimas, accedió a que los amantes se vieran el séptimo día del séptimo mes, a condición de que Orihime hubiera terminado su trabajo. Sin embargo, la primera vez que intentaron verse se dieron cuenta de que no podían cruzar el río, dado que no había puente alguno. Orihime lloró tanto que una bandada de urracas vino en su ayuda y le prometieron que harían un puente con sus alas para que pudieran cruzar el río. Ambos amantes se reunieron finalmente y las urracas prometieron venir todos los años siempre y cuando no lloviera. Cuando se da esa circunstancia, los amantes tienen que esperar para reunirse hasta el año siguiente.