jueves, 1 de marzo de 2018

La librería del señor Livingstone, de Mónica Serendipia

El feel good vuelve de nuevo a este blog. Si en el post anterior os decía que ponía punto y final a mi año lector 2017 con Tu año perfecto, de Charlotte Lucas, ahora os vengo a contar que no podía haber empezado mejor 2018 que con La librería del señor Livingstone, de Mónica Gutiérrez.

Leer este libro es entrar en el inconfundible mundo de Mónica Serendipia (como se conoce a la autora en la blogosfera literaria): protagonistas acorazadas que deshacen la madeja con pasos de bailarina; personajes secundarios que lo inundan todo; la parte más cálida del otoño, del invierno y del frío; una historia de amor y de amistad entre personas muy dispares; un toque de misterio; y entornos idílicos, algo melancólicos y muy bellos que recogen y transmiten paz.

Agnes Marti es una arqueóloga catalana en paro que decide trasladarse a Londres con el fin de encontrar ese trabajo que tanto desea. Su misión no le resultará fácil pero el camino la llevará por azar (y también un poco por su escaso sentido de la orientación) hasta la librería del señor Livingstone, un viejo librero gruñón adorable que busca un ayudante de librería de cuento.

Para los enamorados de la literatura, de los libros y de las librerías, esta novela es un paraíso. Contiene multitud de referencias a novelas y guiños a escritores en cada una de sus páginas. Además, como en todas las novelas de Mónica, los lugares se convierten en protagonistas y la librería de dos plantas con una cúpula desde la que ver las estrellas en el segundo piso es de ensueño.

Y, a pesar de que este trabajo es algo transitorio para Agnes, el ambiente y cada uno de los peculiares personajes la envuelven y la hacen sentir como en casa, y el hada de los pies descalzos se convierte rápidamente en el ojito derecho del señor Livingstone.

En este libro de Mónica Serendipia también hay un toque de misterio, que es el que introduce el amor y serán el amor y la librería quienes removerán los cimientos de Agnes Marti, una arqueóloga que viajó a Londres para buscar otra cosa bien distinta.

Sin embargo, para los que se relajan y confían en la vida, hay mucho más allá para ellos. Y no podría ser de otra manera para Agnes Marti.

Puedes leer también las reseñas de otros libros que he leído de Mónica Gutiérrez: El noviembre de Kate y Un hotel en ninguna parte.


martes, 2 de enero de 2018

Tu año perfecto, de Charlotte Lucas

La lectura me acompaña desde siempre y se convirtió en una constante fundamental hace cuatro años con la apertura de mi blog. El pasado mes de mayo, tras un cambio en mi vida, tuve que dejarla un poco apartada, muy a mi pesar. Pero ahora que el puzzle se va recomponiendo, vuelve ella, porque la esencia de cada uno siempre permanece fiel, paciente.

Así que por mi cumpleaños me autorregalé la novela de la que hoy os hablo y con lo que quería inaugurar este 2018. Porque... ¿Crees que este es "Tu año perfecto"?

Los protagonistas de esta historia, Hannah y Jonathan, son dos polos opuestos. Ella es optimista, alegre, decidida a vivir, a sentir, a disfrutar. Él es realista, serio, recto y rutinario. A ambos el año nuevo les cambiará la vida aunque de manera muy diferente... Y el punto de partida será una maravillosa agenda pensada para vivir un año de manera muy intensa.

Esta novela, de la autora alemana Charlotte Lucas, es una llamada a transitar por la vida de forma activa, plena y consciente, a pesar de los pesares. Yo la enmarco dentro del género feelgood y la recomiendo para todos aquellos que quieran contagiarse de optimismo y alegría pero con una buena dosis de realismo; para los que sientan que es hora cambiar ciertas cosas que no les gustan; y también para los que ya están convencidos de todo lo que he contado.

martes, 10 de octubre de 2017

[9] Crisis lectora, ¿he dejado de conectar con la lectura?

La última entrada de mi blog estaba fechada a principios de mayo. Desde entonces, apenas he leído cuatro libros. Ya os hablé en la newsletter "Lo que mis lecturas dicen de mí" que cuando no leo es porque algo me preocupa y, a pesar de que no me ha pasado nada grave estos cinco meses, algo ha cambiado en mi vida.

El pasado mes de mayo cambié de trabajo y ahora mi horario laboral es aquel que me depara el día. Tengo hora de entrada pero no de salida y normalmente pasa mucho tiempo entre esos dos hitos diarios. Por eso, cuando me subo al tren, mis ojos rechazan automáticamente la pantalla del libro electrónico y, cuando intento leer sobre el papel, no siempre lo consigo.

Me da miedo pensar que he dejado de conectar con la lectura como forma de vida, pero no puede ser eso

Además, en estos meses me ha pasado una cosa curiosa. He empezado muchos libros, muchos, no os podéis imaginar cuántos, pero solo he sido capaz de terminar cuatro. Me da miedo pensar que he dejado de conectar con la lectura como forma de vida. Pero no puede ser eso, porque entonces ni siquiera hubiera leído cuatro. A veces también pienso que quizá me estoy encasillando tanto en un tipo de libro que ya no disfruto con otros. Pero tampoco creo que sea esta la razón.

Por ahora prefiero pensar que el cansancio no me está dejando disfrutar de algo que lleva tres años siendo parte fundamental de mi vida. Siento que me iré rearmando poco a poco, sin obligarme pero con la intuición de que algún día, la lectura será lo primero.

martes, 2 de mayo de 2017

La biblioterapia más feelgood de Mónica Gutiérrez (Serendipia)

Hace ya algún tiempo que os vengo hablando de la biblioterapia o el arte de utilizar los libros como un modo de desarrollo y de crecimiento personal. 

Por todos es sabido que los libros tienen múltiples interpretaciones y que, igual que la belleza está en el ojo del que mira, el significado de un texto está en el corazón del que lo lee. Esto, unido a una buena elección en el momento y sitio oportunos, permite que lo que estamos leyendo adquiera todo el sentido dentro de nosotros. Encontramos la pieza del puzzle que buscamos.

Los libros con los que haces biblioterapia dependen del momento personal en el que te encuentres. En los últimos años yo he vivido cambios en el seno de mi familia, he tenido que reinventarme a mí misma, eliminar viejos patrones y encontrar nuevos, crecer con mi pareja y buscar un hueco propio en el que sentirme identificada. Y son muchas las lecturas que me han ayudado en este recorrido.

El mes pasado inauguramos esta nueva sección de biblioterapia con Gemma, del blog Wasel Wasel y, en esta ocasión, tengo el inmenso placer de contar de nuevo con una de las escritoras que más sabe de feel good en la blogosfera literaria y con cuyas novelas (El noviembre de Kate y Un hotel en ninguna parte) he disfrutado de lo lindo. Ella es Mónica Gutiérrez, Serendipia (aquí puedes leer la entrevista que le hice tiempo atrás).

Mónica Gutiérrez (Serendipia): "la literatura feelgood me dio buenas ideas para tomarme la vida con una filosofía más optimista"

 

Una de las cosas que más sorprende cada vez que repaso las estanterías de casa —a menudo en busca de algún volumen escurridizo— es lo mucho que han ido cambiando mis lecturas a lo largo de los años. Supongo que es una característica de quienes hemos crecido con un libro, o dos, o tres, en las manos el percatarnos de que lo que leemos hoy nada tiene que ver con lo que estaba en nuestra mesilla de noche hace 10, 15 o 20 años atrás. No puedo afirmar, sin temor a equivocarme —porque nada es absoluto, ni siquiera la literatura—, que mis lecturas sean de más empaque, de más entidad, o de mayor seriedad lingüística o sintáctica ¿Acaso no eran clásicos los Julio Verne, los Robert Louis Stevenson o los Agatha Christie de mi adolescencia? Pero sí que me atrevo a confirmar, mirando mis lecturas de los últimos años, que la mayoría de lectores nos volvemos exquisitos, exigentes, excéntricos, maniáticos y sofisticados a medida que nos adentramos en la edad adulta y nos pesa la costumbre, la cultura y nuestra (de)formación profesional.

La única constante en mi vida lectora han sido los libros de Historia (de ensayo, investigación, compendio, tesis, etc.) y cierto aborrecimiento por la novela histórica, con excepcionales paréntesis y autores. Pero en el caso de la ficción, reconozco que mis gustos siguen siendo variados. La principal ventaja de tener en casa novelas de tan diverso género es que me permite —como suele ser costumbre de cualquier lector— elegir lectura en función de mi estado de ánimo. Probablemente no ejerza la biblioterapia de manera consciente pero es cierto que la practico: nada mejor que los románticos de principios del XIX para acompañarme en la melancolía; Dorothy L. Sayers, Josephine Tey o Ngaio Marsh para las temporadas de inquietud y poca concentración; Arnold Bennett, Stella Gibbons, P.G. Woodehouse, E.F. Benson, Gerald Durrell, etc. para sentirme a gusto; Ospina para la nostalgia, José C. Vales para aprender, Manuel Rivas para lo inesperado, Shakespeare... Shakespeare siempre, siempre, siempre.

Creo que todos los libros que he leído me han aportado algo, casi siempre riqueza de pensamiento; incluso algunos que tuve que dejar a la mitad porque me resultaban insoportables seguramente me aportaron hastío u horror. Pero aunque la lectura me acompaña en las distintas épocas de mi vida —a veces buenos tiempos, otras, no tanto—, no puedo asegurar que ningún libro en concreto me haya cambiado la vida. Sí que hay lecturas que llevo siempre conmigo, que son parte de mi bagaje sentimental, como Cumbres borrascosas, El señor de los anillos, Cien años de soledad, Matar a un ruiseñor, Orgullo y prejuicio, Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan y Wendy, y tantísimas otras, decenas.

Quizás la única excepción consciente de biblioterapia, una elección de encontrar cierto consuelo en los libros, haya sido el descubrimiento del género feelgood. Conocí esta tendencia literaria a raíz de leer a Arnold Bennett, Jerome K. Jerome, E.F. Benson, Saki, etc.; conecté al instante con sentido del humor, tan british, y con el encanto, a menudo excéntrico, de sus prosas, de la ligereza de sus tramas y personajes, en una época en la que Virginia Wolfe o D. H. Lawrence eran ejemplo de la excelencia literaria. Ellos habían sido precursores involuntarios, junto con otros autores, de un género literario que habría de florecer durante la Segunda Guerra Mundial de la mano de D.E. Stevenson, Barbara Pym, A.G. MacDonell, James Herriot o Delafield, entre muchos otros. Y no es casualidad que en una época de gran dificultad y dolor como esta los lectores escogieran leer feelgood: necesitaban evadirse, pasearse durante unas horas por paisajes más amables y pacíficos. Tampoco fue casualidad que hiciese mis primeras incursiones en este género en un momento de profunda crisis personal y profesional.

Todo lo que leí en aquella época, y que sigo disfrutando ahora, no contribuyó a cambiarme pero sí que me dio sosiego y buenas ideas para tomarme la vida con una filosofía más optimista. Cualquier lector que se mantenga atento a los detalles sabe leer entre líneas los mensajes del Universo.

Si necesitas un respiro del ruido, de las malas noticias, del horror, de las preocupaciones, de los problemas, del dolor, de la enfermedad... Te recomiendo feelgood. Es cierto que debemos luchar cada día para mejorar nuestro mundo y el de quienes nos rodean, pero también necesitamos descansar y para eso nada mejor que el oasis de paz que te proporcionará un libro feelgood. Entre nosotros, en confidencia y voz bajita, ahora que nadie nos lee, te dejo una pequeña lista con algunos de mis libros feelgood de biblioterapia:
  • El libro de la señorita Buncle, de D.E. Stevenson
  • Flores para la señora Harris, de Paul Gallico
  • Trilogía de Corfú, de Gerald Durrell
  • Mr. Rosenblum sueña en inglés, de Natasha Solomon
  • La librería ambulante, de Christopher Morley
  • Un abril encantado, de Elizabeth von Arnim
  • Una temporada para silbar, de Ivan Doig
  • La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey, de M.A. Shaffer
Más información sobre feelgood en Serendipia
Para otros títulos de no ficción, serendipia.monica@gmail.com

jueves, 27 de abril de 2017

La buena lluvia sabe cuándo caer, de Anchee Min

Los caminos hasta llegar a un libro son muchos: recomendados por amigos, goodreads, otros blogs, un escaparate,… Yo he estado intentado recordar cómo y por qué un día elegí La buena lluvia sabe cuándo caer, de Anchee Min, y no doy con el origen. Probablemente estaría buscando obras de autores extranjeros porque siempre me apetece leer desde otros puntos de vista. El caso es que la forma en que este libro llegó a mis manos tiene mucho que ver con su propio título.

La novela de Anchee Min es un relato autobiográfico sobre sus primeros años en China pero, sobre todo, su vida en Estados Unidos. El paso de un país comunista a otro capitalista (de hecho, a la mayor economía capitalista del mundo) es un reto hacia la persona que te han enseñado a ser en los momentos más tiernos de tu infancia que, según dicen, son los que marcan el carácter de un adulto.

Anchee Min logra salir de su China natal por una concatenación de casualidades del destino. En esa parte del relato he de decir que, a pesar de que sabía que había logrado llegar a EE.UU., sufría mucho por ella porque todas las barreras que conseguía pasar eran por azar. Se rifaba un poco de suerte y le tocó a ella.

Sin embargo, su periplo hasta ese momento fue duro: realizó trabajos forzados en campos de cultivo;  fue nombrada persona non grata por supuesta afinidad con a Madame Mao; pasó hambre y muchas penurias; enfermó gravemente en varias ocasiones; y sufrió mucho por su familia.

Su llegada a la tierra prometida tampoco transcurrió por una alfombra roja, sobre todo los primeros años. Anchee Min aterrizó en Chicago sin saber nada de inglés y con un visado de estudiante que caducaba unos meses después. Como no entendía el idioma, al principio le era prácticamente imposible encontrar un buen trabajo y, durante mucho tiempo, se tuvo que buscar la vida como buenamente pudo. Además de la parte económica, la soledad y la lejanía de su país natal era una constante en los primeros años en América.

La forma en que hace malabares para combinar la universidad, el aprendizaje del inglés y la supervivencia económica es digna de estudio. Pero lo que Anchee Min quería era conseguir la nacionalidad estadounidense para poder trabajar de forma legal en este país. En varias ocasiones menciona en el libro que, en aquel momento, le hubiera gustado ser un indigente americano, porque al menos ellos sabían inglés y tenían permiso para trabajar.

La historia con su primer marido supone un punto de inflexión en la vida de Min. La forma de ser de él, muy inclinada a pensamientos budistas y taoístas, influye mucho en ella pero no tanto como para dejar atrás todo lo que supuso crecer en la china comunista de Mao. A pesar de ello, la filosofía americana va calando muy poco a poco en Anchee Min, sobre todo tras conseguir la nacionalidad y el nacimiento de su hija Lauryann.

La buena lluvia sabe cuándo caer es un relato a dos tiempos con los que Anchee Min pone al descubierto quién es a través de su historia de una manera extremadamente sincera. Como ella misma dice al finalizar el libro: “Hoy en día mi vida significa para mí profundizar en el conocimiento personal, estar en contacto conmigo misma, superarme día a día y, sobre todo, disfrutar de la vida”.

Biblioterapia: conocer y amar las raíces


Cuando uno cambia de residencia lo hace persiguiendo un trabajo mejor, un amor o, directamente, un sueño. Pero, ¿qué pasa con lo que queda atrás? ¿Qué ocurre con el sitio en el que te has criado o la gente de la que te has rodeado buena parte de tu vida? Eso no se olvida nunca. Se lleva dentro, duele no tenerlo cerca y se echa mucho de menos.

Los que no hayáis crecido en el mismo lugar en el que vivís ahora, sabréis de qué va el tema. Este libro podría ser una buena receta para muchas facetas de la vida pero conocer las raíces, amarlas, con sus bondades y defectos, y ser embajador de ellas allá donde vayas es, a mi modo de ver, una de sus principales indicaciones de uso.

Anchee Min quiere salir de su tierra para lograr un futuro mejor pero le duele lo que queda allí y la forma en que se queda. También echa de menos sitios, costumbres, la cultura… Entonces, ¿cómo se puede llegar al equilibrio?