miércoles, 30 de abril de 2014

Brooklyn follies, de Paul Auster

Adentrarse sin llamar en las primeras páginas de Brooklyn Follies, una de las obras menos conocidas de Paul Auster, conduce sin remedio a una historia melancólica, triste y sin esperanza, donde su propio protagonista, Nathan Glass, un sexagenario jubilado, recién divorciado y enfermo de cáncer, reconoce que su vuelta al barrio que le vio nacer, Brooklyn, bien podría haber sido un desenlace tranquilo al tiempo sobrante de su vida.

Pero, lejos de eso, no es necesario pasar muchas páginas más para descubrir que lo que en realidad cuenta Brooklyn Follies es la vida de un tipo que renace a los 60 años, por casualidad.

Enamorado de la literatura y consciente de que necesita una ocupación para llenar sus días, Nathan Glass se entrega a la escritura del Libro del desvarío humano, un relato de “cada equivocación, torpeza y batacazo, de cada insensatez, flaqueza y disparate que hubiera cometido durante mi larga y accidentada existencia” y de “otras cosas que hubieran sucedido a conocidos míos”.

Con este punto de partida, el Nathan Glass solitario y gris que se pasea por los primeros capítulos del libro va transformándose, irremediablemente, en alguien decisivo para sí mismo y para los personajes que van apareciendo a su alrededor.

El primero en llegar es su sobrino, Tom Wood, hijo de su hermana June, al que había perdido la pista tras la muerte de esta. El reencuentro con Tom supone también el encuentro con las historias de Harry Brightman, el jefe de Tom; de Rory, la hermana de Tom; de Lucy, la hija de Rory; de Nancy Mazzuchelli, la BPM (Buena y Perfecta Madre); y de Honey Chowder, la profesora.

Además, en la nueva vida de Nathan Glass reaparece también el amor: el amor paternal hacia su hija, Rachel; el amor platónico que siente por la camarera Marina González; y, por último, la vivencia de un amor maduro que le permite redimirse de experiencias anteriores y hacer las paces consigo mismo.

En todas y cada una de estas tramas aparece la mano de Nathan Glass quien, en las últimas páginas, se refiere a sí mismo como “aquel hombre amargo y solitario que un año antes había llegado arrastrándose a Brooklyn, al sitio donde nació, el individuo acabado que se había convencido a sí mismo de que ya no había nada por lo que vivir…; Nathan el Estúpido, el cabeza de chorlito que no tenía nada mejor que hacer que esperar tranquilamente el momento de caerse muerto, convertido ahora en confidente y consejero, amante de viudas cachondas, caballero andante que rescataba damiselas en peligro”.

Brooklyn Follies es un libro sobre el reencuentro con la vida y el nunca es tarde; sobre cómo las casualidades son perfectamente capaces de cambiar el sentido de la existencia; sobre personas valientes que creen en la vida pero que, sobre todo, la aman; sobre los sueños;  sobre el refugio interior del Hotel Existencia; y sobre el optimismo como hilo conductor a pesar de todo.
Formalmente, estamos ante una obra de lectura sencilla (es de esos libros que abres aunque solo tengas cinco minutos libres); exquisita en la narración; con alusiones a muchos de los temas recurrentes de Paul Auster; narrado en primera persona; y en la que la lengua, los juegos del lenguaje y la literatura son fuente de inspiración.

En definitiva, Brooklyn Follies es un libro que demuestra, a través de la experiencia vital de sus personajes, que poner vida a los años, aunque sean los últimos, es posible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario