viernes, 1 de agosto de 2014

El abuelo que saltó por la ventana y se largó

La penúltima aventura de Allan Karlsson, el protagonista de la opera prima del sueco Jonas Jonasson, comienza el día en que se escapa por la ventana de la residencia de ancianos donde vive, el mismo en que cumple 100 años. Con tan solo unas coronas en el bolsillo, calzado con unas pantuflas y un paso cansino propio de su edad, nadie, ni siquiera él, podría haber supuesto el alcance de ese nuevo episodio de su vida.

Para cualquier abuelo esta habría sido, sin duda, una escapada bien corta, pero Allan Karlsson convierte su fuga en una historia sonada en toda Suecia -a la altura de todas sus vivencias- en la que mantendrá en vilo no solo a policías y periodistas, sino también a una famosa banda a la que ha robado, por casualidad, una maleta repleta de dinero.

Este punto de partida es la excusa perfecta del autor para encajar, a modo de puzle, este nuevo episodio de la vida de Karlsson con las mil y una anécdotas que se han sucedido a lo largo de su vida, en las que se convierte en actor principal de la historia mundial del siglo XX.

El detonante, y nunca mejor dicho, es la afición de este personaje desde su más tierna infancia por los explosivos. Este hilo argumental, junto a la búsqueda necesaria de aguardiente, le llevan a España a participar en la Guerra Civil y a conocer a Franco; a EEUU, donde revela a Oppenheimer el secreto de la bomba atómica y se hace amigo del presidente Truman; a China, país al que es enviado para ayudar al Kuomintang y en el que termina socorriendo a la esposa de Mao Tse-Tung; a un periplo por el Himalaya e Irán, lugar en el que conoce a Churchill; a Rusia, donde se codea con Stalin y después vive en un campo de concentración; o a Francia, donde trabaja como agente de la CIA antes de regresar a Suecia, por citar solamente algunos ejemplos.

En cada una de sus aventuras, algún hecho fortuito redirige su vida por caminos cada vez más insospechados y, en muchas ocasiones, salva el pellejo por los pelos, empleando su inteligencia nata y su capacidad de adaptarse al terreno con una naturalidad pasmosa. La frase “las cosas son como son y así seguirán siendo” define su filosofía vital; nunca pierde los estribos; odia los discursos políticos; y no exige gran cosa de la vida, “le bastaba una cama, comida suficiente, algo que hacer y, de vez en cuando, una copita de aguardiente. Si tenía eso, era capaz de soportarlo casi todo”.

De vuelta al presente, en la trama de la fuga, que se desarrolla en 2005, el protagonista se enrola de nuevo en una serie de sucesos imprevistos que le llevan a conocer a un reparto de personajes disparatado y divertido, desde un ladrón de poca monta y el propietario de un carrito de salchichas hasta la dueña de un elefante. Estos, y algunos otros, lograrán mantener alerta durante toda la obra al inspector Aronsson y a la prensa sueca, dejando además en evidencia al arrogante y pretencioso fiscal Ranelid.

El abuelo que saltó por la ventana y se largó es un best seller internacional. No en vano, reúne la mayoría de rasgos típicos de este tipo de libros: está bien escrito, es fácil de leer y entretenido; las tramas intrigan; el punto de vista desde el que se presenta la historia es original; los personajes calan en el lector; y los escenarios son más que interesantes.

No es necesario adentrarse demasiado en el libro para percatarnos de que el concepto de la historia nos suena un poco a Forrest Gump, un hombre sencillo que vive la historia del siglo XX en primera persona. Eso sí, con unos cuantos años más y en versión europea.

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