lunes, 1 de septiembre de 2014

Nada, de Carmen Laforet

Es raro tener la sensación de que un libro que decides releer después de muchos años y del que conservas vagos recuerdos del argumento te volverá a gustar. Esto me pasó con Nada, de Carmen Laforet, y, con esta predisposición, comencé a leer.

Yo ya conocía muchos relatos de la posguerra de boca de mi abuela, nacida en pleno 36, aunque la principal diferencia es que los suyos se sitúan en un pueblo de la provincia de Toledo, en el seno de una familia muy humilde y, en cambio, Andrea, la protagonista de Nada, y su familia viven en la imponente Barcelona a las sombras de una vida burguesa que les arrebató la guerra.

A pesar de que la mismísima Laforet dijo en algún momento que Andrea se va del relato “sin nada en las manos. Sin encontrar nada…”, creo que ni ella ni nosotros llegamos a la última página del libro sin nada. Otra cosa distinta es que nos vayamos con algo necesariamente de importe positivo. ¿O es que acaso los número situados a la izquierda del cero no tienen valor?

La nada de Andrea es matemática pura, una operación cuya solución pasa por restar las ilusiones de su nueva vida en Barcelona a la realidad de los pedazos de una familia castigada por la posguerra civil española. El resultado es de signo negativo.

Hace poco leí, coincidiendo con la conmemoración del nacimiento de Julio Cortázar, un artículo en el que se aludía a la cita introductoria que Cortázar incluyó en las primeras páginas de Los Premios. Es una frase de Dostoievski que dice: “¿Qué hace un autor con la gente vulgar, absolutamente vulgar, cómo ponerla ante sus lectores y cómo volverla interesante? Es imposible dejarla siempre fuera de la ficción, pues la gente vulgar es en todos los momentos la llave y el punto esencial en la cadena de asuntos humanos; si la suprimimos se pierde toda probabilidad de verdad”.

Es cierto que hay mucho escrito sobre la Guerra Civil y la posguerra, pero lo que hace particular a esta novela de Laforet, como a La Colmena, de Camilo José Cela, es el punto de vista desde el que se cuenta la historia: es la gente vulgar, son los protagonistas en silencio los que toman la voz. Y, ¿cómo vuelve Carmen Laforet interesantes a estos personajes?

Creo que la fuerza del relato está en que Laforet los expone tanto, los presenta tan vulnerables que resulta prácticamente imposible no empatizar con ellos, no sentir lo que ellos sienten. ¿O es que acaso no os han rugido las tripas de hambre con Andrea? ¿O no os han dolido los morados de Gloria? ¿O no habéis sido capaces de sentir la pena de la abuelita o la frustración de Juan?

Sin duda, la forma de narrar de Laforet engancha. Cuando leo un libro tengo miedo de olvidarme de esas frases que, ya sea por lo que significan o por las palabras que usan, merece la pena almacenar en la memoria. Y, por eso, en esta ocasión, he llenado mi ebook de marcadores. Por ejemplo:

Capítulo 9: “Como una bandada de cuervos posados en las ramas del árbol ahorcado, así las amigas de Angustias estaban sentadas, vestidas de negro, en su cuarto aquellos días”.

Capítulo 20: “Si, impelida por mis sentimientos, la estrechaba entre mis brazos, tropezaba con un cuerpecillo duro y frío como hecho de alambre, dentro del cual latía un corazón asombrosamente vivo…”.

Capítulo 23: “No sé cuántas horas estuve sin dormir, con los ojos abiertos y resecos recogiendo todos los dolores que pululaban, vivos como gusanos, en las entrañas de la casa”.
Desde luego, Nada no es un libro con muchas cosas positivas que recoger. Si tuviera que ponerle un color a la novela, le adjudicaría el gris: la casa es gris, los personajes son grises y sus sentimientos, también. Todos, sin excepción, sobreviven por encima de los suyos por un presente que ahoga, un futuro incierto y un pasado repleto de sombras.

Me imagino el piso de la calle de Aribau. Grande, muy grande, enorme. Pero también desolado, viejo, sucio y, de nuevo, gris. Apena entra luz  por las ventanas y el ambiente, como el mismísimo libro en sus últimas páginas, se convierte pesado, va de más a menos, justo como las esperanzas de Andrea.

No obstante, en esa operación matemática que hicimos al principio, hay algunos elementos en esta novela que suman y que dan cierto respiro a la protagonista: la vida universitaria y sus amistades representan la supervivencia emocional y el contrapunto a la sórdida existencia de la calle de Aribau.

Cada libro depende mucho, demasiado quizá, del momento en que cae en tus manos y decides leerlo. Yo empecé leyendo Nada, como os he dicho, convencida de que volvería a emocionarme. Y así fue. Lo leí rápido, me enganchó, me emocionó, viví con esa familia de la casa de la calle de Aribau. Pero, ahora que lo he terminado, siento que no me he mezclado tanto con la historia como la otra vez. Y es ahora cuando recuerdo cuándo lo leí. Seguramente rondaba la edad de Andrea y ya se sabe que con 18 las cosas se viven de otra manera.

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