viernes, 14 de octubre de 2016

Kokoro, de Natsume Sōseki

Hace algo más de un año que reseñé Sueño profundo, de Banana Yoshimoto, el último libro de un autor japonés que había leído hasta hoy. Al finalizar la reseña, decía: “Todavía sigue siendo un muestreo ínfimo el que he realizado con los autores japoneses y tengo que seguir mi línea de investigación. Pero, por el momento, sigo captando los mismos rasgos y, sobre todo, las mismas sensaciones. Y me gusta”.

Esos rasgos a los que me refería son la tristeza, el sueño, el suicidio, la muerte y, por lo general, poca visión optimista de la vida, todo ello envuelto en un halo onírico y misterioso. No puedo evitar pensar en si me encontraré estos temas cada vez que me enredo en las páginas de un escritor nipón; no sé lo que tienen que me acaban envolviendo y termino rendida a sus pies.

A pesar de que no hay nada que me pueda gustar más que una novela feel good, cuando abro un deprimente libro japonés sé que me va a gustar mucho. Lo achaco a las reflexiones sobre la vida y aspectos tan trascendentales como la amistad, la familia o el amor que acostumbran a hacer. Me encanta pensar sobre esas cosas; me chifla, lo reconozco.

Y es que, si de reflexiones se trata, Kokoro, de Natsume Sōseki, tiene muchas y de muchos tipos: amistad, amor, familia, traición, confianza, lealtad,… Sensei es un hombre de cierta edad que vive apartado prácticamente de la sociedad por decisión propia. Un joven estudiante de Tokio centra su atención en él durante unas vacaciones en la playa y siente tal curiosidad por ese hombre que decide entablar una amistad que cada vez se va haciendo más estrecha, no sin la reticencia inicial de Sensei. “Desde el primer momento, Sensei dejó en mí una sensación de presencia inaccesible”.

La cercanía entre ambos hombres se va consolidando a medida que Sensei conoce al joven, con un carácter fiel, leal y  tenaz. “Llegado el momento, sentirás el impulso de abrir tus brazos a otra persona.  Antes o después tus pies dejarán de traerte a mi casa”. Pero esta profecía de Sensei, no llega a cumplirse nunca. Al contrario, el joven universitario siente por él una admiración tan grande que le convierte en su guía espiritual, en una referencia.

Sin embargo, Sensei es taciturno y cambiante y, a pesar de que le aprecia, hay algo en él que le hace dudar en cualquier momento de todos. “Por una razón que no puedo explicarte, nadie me puede acompañar cuando hago esas visitas. Ni siquiera mi mujer. Ella nunca ha venido conmigo”.

Hasta que, llegado el momento, y tras una ausencia del joven en la ciudad por asuntos familiares, Sensei siente la necesidad urgente de contarle su verdad. “He sido un cobarde toda mi vida. Sufro la angustia que padecen todos los cobardes”. Y es en una tercera parte del libro cuando Sensei se sincera, conocemos su historia y comprendemos el porqué de ese carácter melancólico que le rodea.

La historia está escrita de una manera envolvente y dinámica y no pesa en ningún momento. Toda la historia está bien contada, de manera elegante y distinguida, aunque me he quedado con las ganas de saber más sobre la trama del joven, que queda en suspenso.

Desde luego, los temas recurrentes de los que hablaba antes aparecen y, en general, es un libro triste muy en la línea de los autores japoneses que he leído hasta ahora. Espero que alguien me pueda recomendar algo diferente de la literatura nipona; seguro que lo hay, solo que aún lo tengo que descubrir, aunque me reafirmo en que lo que he leído hasta ahora, me gusta.

Cuando Tokio era Edo


En Kokoro (que se traduce como corazón en castellano aunque el significado es bastante más amplio) se hacen ciertas referencias a la historia de Japón que, en cierta medida, marcaron un antes y un después en el país. Nos situamos en la Era Meiji, un emperador que reinó desde el 23 de octubre de 1868 hasta el 30 de julio de 1912. Fue durante esta época cuando el país comenzó su modernización y occidentalización, erigiéndose como potencia mundial.

En 1868 también se trasladó la capital de Kioto a Tokio (que significa Capital del Este). Desde hacía siglos, a Tokio se la conocía como Edo.

2 comentarios:

  1. Solo he leído un libro de autor japonés y confieso que no me gustó mucho, como tu dices tiene un halo de tristeza que no terminó de gustarme. No descarto leer más autores japoneses pero por el momento ninguno me llama la atención.

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    1. ¿Has leído a Murakami? Yo disfruté mucho con "Tokio Blues".

      Es cierto que los autores japoneses que he leído hasta el momento lo relatan todo con ese halo de tristeza que comentas pero yo estoy convencida de que hay un libro para cada momento.

      Para mí, los libros nipones son de recogimiento, de reflexión, de encontrarme conmigo misma, de conocerme y pensar sobre cuestiones por las que pasamos de largo en nuestro día a día de prisas y apariencias. Supongo que hay que encontrar el momento de parar un momento.

      ¡Gracias por comentar!

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